25 de junio, 2018
Actualidad

Héroes

31 de mayo, 2016

Los invitamos a conocer el trabajo del fotógrafo español Pedro Jose Saavedra

Pedro J. Saavedra es un amante del diseño útil, un publicista decepcionado, apasionado de la fotografía, los viajes y adicto al tiempo, la demora y la meditación. Ahora está inmerso en proyectos relacionados con el deambular y la deriva; los espacios y aquellos que los habitan. Héroes es un proyecto en el que lleva años trabajando, trata sobre la resistencia – y la resignación -, de cuidadores de caballos en la periferia de Sevilla ante el crecimiento urbanístico.

Héroes. Relato de una resistencia íntima abocada al fracaso. 

Hará un par de años me dio por andar lejos de la ciudad para aliviar mi rigidez mental. Hice eso que hacen tantas personas, buscar una respuesta y un poco de paz. Alejarme del ruido, ir hacia la línea de la circunferencia, alejarme del centro; la periferia que marca la salida de algo, el final, ponerse al filo del precipicio; allí donde están los que buscan pero también los perdidos, los que deambulan, los que cuando te cruzas con ellos te saludan porque saben que ambos estáis allí por un motivo similar. Esos lugares, además de ser cementerios de la novedad, son un error evolutivo; el desorden arquitectónico del stop progresivo, la soledad más absoluta de la metástasis de una ciudad, aunque también son el caos de los sentidos, la reflexión, el pensamiento. Son un santuario abierto para la meditación. Por eso hace un par de años me dio por andar lejos de la ciudad, y a veces, sólo a veces, echo de menos: a esas personas y a sus caballos. Porque empecé a ver personas, pero también caballos, caballos blancos, negros, marrones… al lado de alambradas, pozos, torres de alta tensión, pero lo que más me asombró fue los que estaban al filo de las carreteras soñando ser Pegaso para poder cruzarlas de un salto. A veces solos, comiendo pasto en lugares al filo del asfalto, figuraban como una imagen surrealista, donde tiempo y espacio se manifestaban de forma antojadiza. El paisaje parecía, con esos animales, como si un niño gigante hubiera estado jugando con ellos y los hubiera soltado aburrido a su capricho en diferentes puntos del terreno. Esos animales tienen dueños. El caballo y su amo. El primero, los caballos, cada vez tienen menos espacio para trotar, para poder tener una relativa “libertad”, y se ven abocados al quite, un trote circular en la que el dueño del animal guía al caballo con cuerda y fusta por tramos de media hora o cuarenta y cinco minutos. Un circulo, al filo del circulo, dónde las carreteras se muestran como tangentes de una vida veloz que cercan a otra que se queda obsoleta pero que resiste ante la asfixia. El segundo, el amo, se nos muestra cómo la resistencia cansada a una contínua tentativa de desaparición. También está la lucha, el impulso y la única motivación que les queda, la de la última misión: salvar a sus «bestias», su modus vivendi, pensando en lo más hondo que fracasarán. Los amos, criadores, a veces jinetes, son hombres cabizbajos, la mayoría colmados de arrugas, cansados y tristes, conscientes del final de su actividad. «Es un sujeto derrotado de antemano pues ya no encuentra espacio para su acción, ni siquiera verdaderas causas por la que luchar». Hablando con ellos, viéndolos actuar – cansados, sin fuerzas, arrastrando sus caballos, dándole quite infinito en círculos -, evocan al héroe poético del Western crepuscular de los años sesenta y setenta. Lo crepuscular hace referencia a algo que se acaba, a algo que se agota.

En la película dirigida por David Miller y protagonizada por Kirk Douglas “Los valientes andan solos”, hay dos escenas al principio de la película que describen perfectamente los momentos de confusión y pánico que pueden sentir, no solo estas personas, si no también los animales. La primera es cuando el protagonista, montado a caballo, se detiene en el camino para cortar los alambres que surcan un territorio privado, una escena que describe perfectamente como el espacio va mermando para el vaquero, y por supuesto, también para el animal. La segunda escena es el momento en que, jinete y caballo, tienen forzosamente que cruzar una carretera colmada de coches en ambas direcciones. La confusión, pánico y desconcierto que se representan estas escenas son perfectas para ilustrar el dolor del amo y el animal. «Veo aquellas personas con sus caballos como héroes». Tendré que seguir cerrando este círculo, persiguiendo esa línea periférica, ese lugar al filo del precipicio, dónde pasean los incomprendidos, los buscadores, los inconformistas, pero donde también, al parecer, los héroes cabizbajos. Esos que niegan que su tiempo acaba, que el cambio está a varios kilómetros acechando en forma de cemento y ladrillo convertido en centro comercial o núcleo residencial para mileuristas. Son el «símbolo de resistencia de una actividad vernacular en un lugar totalmente absorbido por el crecimiento urbano y la consecuente indefinición entre ciudad y campo.» 

Pedro Jose Saavedra